El agudo chillido de mi hermana pequeña a las 2 del mediodia, solo indica una cosa: tiene hambre. Con ello, viene mi despertar malhumorado…pelos despeinados, cara de recien dormido…típicos sintomas que se visualizan al mirarme al espejo mientras me aclaro la cara.
No desayuno, me limito a comerme las lentejas que me prepara mi madre…me encantan, pero, no me entran a esas horas ni de coña. De repente, esa chispa, ese “tic” de tu cabeza se acciona: es la fiebre del skate. Dejas de comer interrumpidamente, te vistes…no esta de mas ponerse un calzado apropiado…
Medio comido y vestido, me siento en la silla de mi escritorio, mientras escucho a un HIM a toda pastilla saliendo de mis altavoces (gran grupo)…mi mirada se centra a mi skate, Lancerot, con sus golpes y “kates” y su lija desgastada.
Para cuando me doy cuenta, ya estoy en la calle dirigiendome a ese muro en el que llevo dos semanas intentandomele bajar…las barandillas ahora no son un trozo de metal donde la gente se apoya, son cilindros inclinados para grindar; las escaleras no son simples bordillos, son obstáculos a saltar con ollies, flips y nollies…todo resulta cobrar vida con el skate.
Me situo en el muro, me lo intento bajar de manual, pero pierdo el equilibrio y me clavo la tabla en la pierna…la rodilla en la que tengo la fisura se resiente, pero me prometo no irme a casa hasta bajarmelo. Golpes, raspones, talegazos, hostias…me escuece y duele todo, pero tengo mas clara la sensación de poder sacarme el truco…lo intentas una vez mas, lo bajas concentrado, manteniendo el equilibrio, y te das cuenta…de que puedes. Y al bajar justo el bordillo, un ollie un poco cutre pero válido decora el truco, mientras una voz en el fondo te dice “YEAH!”.
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